jueves, abril 30, 2020

Alegoría a la muerte.


¿La muerte?
La muerte amigo, es solo un ‘buenos días’ más en el cotidiano de mi pueblo y se le ve mucho acompañada en las esquinas de una tal violencia. A diario la saludamos mirándola a los ojos y nos devuelve el saludo con una mueca risueña, tal vez pa distraernos mientras nos llega. Algunos, con los que parece tener más confianza, la saludan con rigurosidad castrense y formalidad de etiqueta.

A ella se le ve siempre acompañada, cuando va por los parques y las calles, de gente muy elegante, de dinero y prestigio, finas costumbres y hábitos exquisitos; a veces también, de uno que otro de pinta más humilde, que bien sea por desespero, ignorancia o ambos, se va de tragos con ella cualquier viernes, sábado o domingo.

Sin embargo, como cualquiera de esas otras gentes de bien, ella también aporta al pálido color de nuestras calles, bien sea con su escarlata favorito o de vez en vez, con ese color silencio que dejan los desaparecidos y en los días más movidos, con nuevas ventilas en los techos de las casas o más espacio dentro de ciertas familias que ni pa que mencionar.

¿La muerte?
La muerte es vecina y amiga en este pueblo agotado, una andariega más que conoce a la perfección cada rincón de las calles y escondrijos, que se mece en los columpios de los parques y se asoma a los balcones en las madrugadas, viendo coquetamente tanto a hombres como mujeres. Es tanto así, que casi estamos seguros que tiene casa ahí más arriba, en la alta calle de las palmas, esas de cuello largo, altivas y coronadas de gallinazos, allá donde están los hermosos miradores...

¿La muerte, amigo?... Mírela, ahí viene con uno nuevo; salúdela con confianza, que ella es buena papa, sonríale y dele las gracias...

¿La muerte? Ella por acá siempre anda...


Henry.

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