Reconozco tus labios, los he visto rondar por mis lugares preferidos. Y veo igualmente su idoneidad, los
encuentro propicios para usarlos de trampolín y zambullirme entre la plenitud y
tibieza de tu pecho, en la suave sensación que tu piel genera.
A diario vago por la
sensualidad de tus miradas y de tus siluetas, pero sin duda son ellos los que
siempre termino yendo a visitar. Es su textura, es su carnosa complacencia, es
ahí donde nace mi camino, donde preparo mi jornada, donde se aprestan nuestras
pasiones, son tus labios los que mejor me conocen.
Desde ellos me lanzo por
tu cuerpo a emancipar tu piel de la odiosa opresión de la ropa, para solo dejar
el liguero que adorna perfectamente tu pierna, el único obstáculo que consiento
tropezar cuando mi tacto se complace con la sensación de tu piel trémula de
placer.
Simplemente es en tus
labios donde nazco en las noches y tu vientre donde desfallezco al amanecer; es
desde ellos donde parto a congraciarme con el universo de tus sentidos,
dejándome ir a merced de tus antojos, al ritmo de tu sangre febril y tu aliento
agitado, es desde ahí donde no puedo dejar de vivir.
Henry. Ardes.
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