Cuéntame
una historia con tus miradas, o un poema con tus sonrisas, o simplemente dejame
escribir en tu piel y labios, el relato de cuando te apoderas de mi mundo en
las madrugadas, o aquel que narra la infame ausencia de tus palabras.
Suelta
un minuto la obstinación, y deja entrar el trinar que se engendra desde mis
versos y aun canta, a expensas de tu nombre, sueños que armonizan mañana, tarde
y noche.
Dejate
tocar de nuevo con la ligera y sutil nostalgia de mis palabras, sin alardes, ni
injurias, ni falacias, tan solo con su pretencioso tono inofensivo, que se
quiere permear por tu piel.
Contémonos
un cuento sin perjurio, sin afán, sin supuestos. Continuemos el relato donde lo
dejamos...
Ardes.
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