que no supe cuando deje de volar y comencé a nadar,
desbordando en mi espalda los rojizos destellos titilantes
de un ocaso pacificó.
Entonces aligere la ausencia con la tibieza del acantilado,
y aunque por un instante intente mancillar el momento con un fémino recuerdo,
la brisa salada desprendió el sentimiento,
que largo frágil entre el aletear de una bandida fragata, fugada en el atardecer.
Poco a poco la claridad se baños de noche
y los destellos palpitantes del océano
se estamparon como reflejo en el cielo,
en superficiales siluetas de formas mitológicas.
Y en tan estimulante paisaje solo nació la melancolía
de la abultada ausencia de la Luna,
que tras los nubarrones tropicales
brindaba cortos destellos insinuantes.
Una ausencia parcial de un amante ideal,
un ocaso ideal, con un melódico parlpitar,
palpitar sonoro con eco profundo,
palpito constante de ritmo confuso
y entre profundo y confuso cadencioso y sosegador,
ideal conjugado de rocas y mar,
de aquel que arremete en la playa
y arrastra como la arena el cansancio de mi piel.
Letargo cadencioso de un atardecer,
de una roca, un suspiro, una brisa,
sustento nativo para un efímero sueño,
visitante que encontró en la isla una isla, un momento.
Y encontré un momento mientras esperaba a la Luna
en que no supe si la noche yacía sobremi
o mi cuerpo entre sus estrellas se sumergía.
Que la mañana me responda
con sus fragata, sus yubartas, con sus...
ARDES.
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